Pregón (haz clic para leerlo entero)
Yo fui una vez, hace mucho,
tanto que ya no me acuerdo
un niño con ilusiones,
con errores, con aciertos.
Llegué por casualidad
hermandad de los toreros-
suplicándole a mi madre
que siguiera mis consejos.
Yo quería ser cofrade,
-verdinegro era mi anhelo-
y de siempre la Esperanza
consolaba mis lamentos.
Siendo de los marianistas
como mi padre y mi abuelo
no me bastaban las misas,
con orgullo lo confieso.
Yo miraba hacia San Juan,
-esa de los Caballeros-,
soñando con antifaces
verdes de sus nazarenos.
Las Lágrimas de María,
rejón de muerte del Duelo
ya anunciaban por entonces
que yo no era el pañuelo
que debía consolar
tanta pena y sufrimiento.
Yo quería ser cofrade.
Nada más, y nada menos.
Pero por aquel entonces
esa mujer del Banesto
no tenía los contactos,
y evitando mis recelos
rubricó mi alta de hermano
y me hice nazareno.
Culpa de Manuel Román,
que era entonces tesorero,
confesor de la familia
y un cofrade de los buenos.
Fueron años de ilusiones.
de un te quiero sin complejos,
con mis vueltas siempre negras
embelleciendo los vuelos
de una túnica que luce
también el negro terciopelo.
Siempre cerca mi Virgen,
la que calma los tormentos,
la que serena pesares,
la que siempre lanza besos
de amor a quien se empeña
en huir de sus silencios.
Siempre cerca de sus ojos,
dulces como el caramelo,
de miel y almíbar templado,
como el mar en calma, quieto.
Fueron pasando los años.
El reloj avanzaba lento
y aquel niño que llegó,
en un constante crescendo
fue alcanzando la estatura
para ser su costalero.
Pero al no tener la edad,
y siendo alto en exceso
me buscaron entre todos
un momento en el misterio.
"Tan solo una chicotá,
tú tranquilo compañero,
que eres joven y novato"
-me dijeron sonriendo-.
Yo miraba al Coronado
temblando de fe y de nervios
aferrado a mi molía,
concentrado en el racheo.
Una chicotá, tranquilo...
Una chicotá, dijeron...
Me metí en la calle Arcos
y si no me ando ligero
todavía estoy debajo,
don Juan Luis Jaén Pacheco.
Repetí al año siguiente
con los Campos por ejemplo.
Iba también Sanduvete,
Capi y muchos que se fueron,
que le dieron gloria y lustre
al Galeón que ahora tenemos.
Pero yo era de la Niña,
Lo sabía el mundo entero.
Esa de ojos verdes
con mariquillas al viento
que son las cinco esmeraldas
que escapan de su pecho.
Cuántos años esperando
que llegara ese momento.
Cuántas risas, cuántas lágrimas,
cuántas plegarias y rezos
cuánto sueño desvelado
cuántas noches de lamento.
Y cuando el día llegó,
con la ímpetu del trueno,
un intenso escalofrío
recorrió todo mi cuerpo.
Era parte de ese grupo
de hombres hechos y derechos
que paseaban con orgullo
-con un caminar perfecto-
a la reina de la Paz,
Paz de todo sufrimiento.
Derrochando devoción
fuerza, casta y sentimiento
tenía aquella cuadrilla
unos aires pintureros
cuando andaba, paso a paso,
cuando levantaba al cielo.
Pero...cosas de la vida...
Fue pasando el tiempo,
y la fe se iba escapando
como el agua entre los dedos, ´
confundiendo decisiones
por culpa de tres relevos.
Tan sólo vi aflicción,
en la paz de aquel destierro.
Me fui buscando su manto
entre costeros e izquierdos.
Y ahora que he transitado
por esta playas de invierno...
Ahora que la Soledad
logró aliviar el tormento
de sentirte y no tenerte,
de ser un Judas confeso,
apareciste en mi vida
conquistándome de nuevo.
Ya no soy aquel chiquillo,
ni mis sueños son aquello.
Llegué a ti sin nada más
que el alma llena de sueños
y en mi mesita de noche
hoy sigues cuidando de ello.
Llegaste bajo tu palio,
¡ibas formando un revuelo!
La gente se preguntaba
como podía ser cierto
que fuera una dolorosa
de la fe el epicentro,
lleno de duende y tronío...
¡puerta grande del toreo!
Dibujabas las mecías
con pasión, con tanto esmero,
que parabas los relojes,
desmontando el segunderos,
que el fiscal no controlaba,
incapaz en sus adentros.
El era Fernando Cano,
de Sevilla pregonero,
-el más antiguo de todos-
quien tuvo conmigo el gesto
de dejarme ser fiscal
de la Virgen que venero.
Fue solo una chicotá.
Apenas un padre nuestro,
una salve musitada,
un latido frío y seco.
Gracias por siempre, Fernando,
jamás podré agradecértelo.
Un detalle que sirvió
-y que ahora recuerda el verso-
para saber a dónde voy...
para ver de dónde vengo.
Ahora que sé que volveré.
Tendré que vencer mi miedo
que no es otro que mirarte
y entregarme por completo
y que te hayas olvidado
de ese niño tan pequeño.
Queda saldada mi deuda
y queda escrito un deseo.
Si alguna vez que yo volviera
a mirarme en el espejo
y estuviera sonriendo
aquel niño en el reflejo
recuerda cuánto te quiso
-no lo olvides, te lo ruego-
aquel niño de los ojos tristes
que sólo tiene un recuerdo...
La paz de tus ojos verdes
volviendo por bizcocheros.
José Vegazo Mules (2016)