Pregón (haz clic para leerlo entero)  

05.04.2024

Yo fui una vez, hace mucho, 

tanto que ya no me acuerdo 

un niño con ilusiones, 

con errores, con aciertos.

Llegué por casualidad

hermandad de los toreros-

suplicándole a mi madre 

que siguiera mis consejos.

Yo quería ser cofrade,

-verdinegro era mi anhelo-

y de siempre la Esperanza 

consolaba mis lamentos.


Siendo de los marianistas 

como mi padre y mi abuelo 

no me bastaban las misas, 

con orgullo lo confieso.

Yo miraba hacia San Juan,

-esa de los Caballeros-, 

soñando con antifaces 

verdes de sus nazarenos.

Las Lágrimas de María, 

rejón de muerte del Duelo 

ya anunciaban por entonces 

que yo no era el pañuelo 

que debía consolar

tanta pena y sufrimiento.


Yo quería ser cofrade.

Nada más, y nada menos.

Pero por aquel entonces 

esa mujer del Banesto 

no tenía los contactos,

y evitando mis recelos

rubricó mi alta de hermano 

y me hice nazareno. 

Culpa de Manuel Román,

que era entonces tesorero, 

confesor de la familia

y un cofrade de los buenos. 

Fueron años de ilusiones. 

de un te quiero sin complejos, 

con mis vueltas siempre negras

embelleciendo los vuelos 

de una túnica que luce

también el negro terciopelo. 

Siempre cerca mi Virgen, 

la que calma los tormentos, 

la que serena pesares, 

la que siempre lanza besos

de amor a quien se empeña 

en huir de sus silencios. 


Siempre cerca de sus ojos, 

dulces como el caramelo, 

de miel y almíbar templado, 

como el mar en calma, quieto. 

Fueron pasando los años. 

El reloj avanzaba lento

y aquel niño que llegó, 

en un constante crescendo

fue alcanzando la estatura

para ser su costalero. 

Pero al no tener la edad, 

y siendo alto en exceso

me buscaron entre todos

un momento en el misterio.

"Tan solo una chicotá, 

tú tranquilo compañero, 

que eres joven y novato"

-me dijeron sonriendo-.

Yo miraba al Coronado

temblando de fe y de nervios

aferrado a mi molía, 

concentrado en el racheo. 

Una chicotá, tranquilo...

Una chicotá, dijeron...


Me metí en la calle Arcos

y si no me ando ligero

todavía estoy debajo, 

don Juan Luis Jaén Pacheco. 

Repetí al año siguiente 

con los Campos por ejemplo.

Iba también Sanduvete, 

Capi y muchos que se fueron, 

que le dieron gloria y lustre 

al Galeón que ahora tenemos. 

Pero yo era de la Niña, 

Lo sabía el mundo entero. 

Esa de ojos verdes 

con mariquillas al viento

que son las cinco esmeraldas 

que escapan de su pecho. 

Cuántos años esperando

que llegara ese momento. 

Cuántas risas, cuántas lágrimas, 

cuántas plegarias y rezos

cuánto sueño desvelado

cuántas noches de lamento. 

Y cuando el día llegó, 

con la ímpetu del trueno, 

un intenso escalofrío

recorrió todo mi cuerpo. 

Era parte de ese grupo

de hombres hechos y derechos

que paseaban con orgullo

-con un caminar perfecto-

a la reina de la Paz, 

Paz de todo sufrimiento.

Derrochando devoción

fuerza, casta y sentimiento

tenía aquella cuadrilla

unos aires pintureros

cuando andaba, paso a paso, 

cuando levantaba al cielo. 

Pero...cosas de la vida...

Fue pasando el tiempo, 

y la fe se iba escapando 

como el agua entre los dedos, ´

confundiendo decisiones

por culpa de tres relevos. 

Tan sólo vi aflicción, 

en la paz de aquel destierro. 

Me fui buscando su manto

entre costeros e izquierdos. 

Y ahora que he transitado 

por esta playas de invierno...

Ahora que la Soledad

logró aliviar el tormento

de sentirte y no tenerte, 


de ser un Judas confeso, 

apareciste en mi vida

conquistándome de nuevo. 

Ya no soy aquel chiquillo, 

ni mis sueños son aquello. 

Llegué a ti sin nada más

que el alma llena de sueños 

y en mi mesita de noche

hoy sigues cuidando de ello. 

Llegaste bajo tu palio, 

¡ibas formando un revuelo!

La gente se preguntaba 

como podía ser cierto 

que fuera una dolorosa 

de la fe el epicentro, 

lleno de duende y tronío...

¡puerta grande del toreo!

Dibujabas las mecías

con pasión, con tanto esmero, 

que parabas los relojes, 

desmontando el segunderos, 

que el fiscal no controlaba, 

incapaz en sus adentros. 

El era Fernando Cano, 

de Sevilla pregonero, 

-el más antiguo de todos- 

quien tuvo conmigo el gesto

de dejarme ser fiscal

de la Virgen que venero. 

Fue solo una chicotá. 

Apenas un padre nuestro, 

una salve musitada, 

un latido frío y seco.

Gracias por siempre, Fernando, 

jamás podré agradecértelo. 

Un detalle que sirvió

-y que ahora recuerda el verso-

para saber a dónde voy... 

para ver de dónde vengo. 

Ahora que sé que volveré. 

Tendré que vencer mi miedo

que no es otro que mirarte

y entregarme por completo

y que te hayas olvidado

de ese niño tan pequeño. 

Queda saldada mi deuda

y queda escrito un deseo. 

Si alguna vez que yo volviera 

a mirarme en el espejo

y estuviera sonriendo

aquel niño en el reflejo 

recuerda cuánto te quiso

-no lo olvides, te lo ruego- 

aquel niño de los ojos tristes

que sólo tiene un recuerdo...

La paz de tus ojos verdes

volviendo por bizcocheros. 

José Vegazo Mules (2016)

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